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CULTURA

20 de octubre de 2026

Adolfo Bioy Casares, escritor argentino: "La vida es difícil: para estar en paz con uno mismo hay que decir la verdad, para estar en paz con el prójimo hay que mentir"

Un aforismo perdido en los diarios del autor de "La invención de Morel" condensa el escepticismo, la ironía y el desencanto de un observador implacable de la condición humana. El laboratorio íntimo de un narrador fundamental

Adolfo Bioy Casares, escritor argentino: "La vida es difícil: para estar en paz con uno mismo hay que decir la verdad, para estar en paz con el prójimo hay que mentir"

Fuente: Netfan Servicios

La literatura argentina se ha construido en los márgenes de la confidencialidad. Entre la correspondencia privada y los cuadernos de notas se esconde el verdadero pulso de nuestros grandes mitos literarios. Allí, despojado de las exigencias del argumento y de los corsés de la trama, Adolfo Bioy Casares anotó una de sus sentencias más lúcidas, incómodas y vigentes: "La vida es difícil. Para estar en paz con uno mismo hay que decir la verdad. Para estar en paz con el prójimo hay que mentir".

Esta frase no pertenece a un diálogo de ficción ni al parlamento de alguno de sus célebres personajes. Es un relámpago de honestidad brutal que emerge de las páginas de Descanso de caminantes, el monumental libro de diarios y apuntes dispersos publicado en 2001, de manera póstuma, bajo el cuidado editorial de Daniel Martino. Podría decirse que este libro es el lado A de sus diarios; el lado B es el polémico Borges, que tanto revuelo causó en su momento y que por estos días acaba de ser reeditado.

Si bien Adolfo Bioy Casares ya era universalmente consagrado por obras maestras de la trama perfecta como La invención de Morel o Plan de evasión, y por sus colaboraciones con Jorge Luis Borges bajo el seudónimo de H. Bustos Domecq en Seis problemas para don Isidro Parodi, sus libros póstumos revelaron a un escritor radicalmente distinto. Descanso de caminantes, junto con el mencionado Borges, transformó la percepción pública del autor.

El libro no es una novela de orfebrería fantástica; es un diario de vejez, un cuaderno de bitácora donde un Adolfo Bioy Casares ya anciano recopila sueños, aforismos, recuerdos de juventud, lecturas y amarguras cotidianas. Escripto en la última década de su vida (falleció en 1999), el texto funciona como el refugio de un hombre que ve cómo su mundo —poblado por figuras ya ausentes como su querida Silvina Ocampo, o la gran Victoria Ocampo, incluso el propio Jorge Luis Borges— se desvanece.

Este funciona como el reverso de su pulcritud literaria. En sus páginas, el escritor no busca agradar; busca sobrevivir al tedio y al dolor de la pérdida a través de la lucidez y, fundamentalmente, de la ironía. Pero el aforismo en cuestión es un mecanismo de relojería que desarma la hipocresía social. Adolfo Bioy Casares divide la existencia en dos frentes irreconciliables: el fuero interno y el pacto comunitario. Por un lado, postula que la paz interior exige una honestidad implacable.

Si bien la culpa, para el autor, es un peso insoportable que solo se alivia con el reconocimiento de lo real, lo interesante está en que inmediatamente quiebra cualquier ilusión de utopía moral al arrojar la segunda premisa: "para estar en paz con el prójimo hay que mentir". Lejos de ser una apología de la maldad, la frase es una constatación del pragmatismo social. Para el escritor, la mentira no es un vicio destructivo, sino un aceite indispensable para que la maquinaria de la convivencia no salte por los aires.

El prójimo, parece decirnos, es un ser demasiado frágil para soportar la verdad desnuda. La diplomacia, los buenos modales y la cortesía no son otra cosa que formas sofisticadas y estéticas de la simulación. Pero, ¿cuánto de Bioy hay en esta idea? Quienes lo conocieron solían definirlo como el hombre más educado y encantador del mundo, un dandy de modales perfectos que jamás alzaba la voz. Sin embargo, detrás de esa fachada de caballerosidad criolla, habitaba un escéptico absoluto.

Esta dualidad atraviesa toda su literatura. La frase sintetiza su cosmovisión: la vida es una puesta en escena. Para Adolfo Bioy Casares, el ser humano es constitutivamente débil y la verdad absoluta es un lujo que la vida en sociedad no se puede permitir. La mentira piadosa es, en última instancia, un acto de piedad y un escudo protector. Ese breve pensamiento sobre la verdad y la impostura sigue resonando como una advertencia sobre los costos de la honestidad y las reglas de la supervivencia.

Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914 – 1999) fue uno de los escritores más brillantes y sofisticados de la literatura fantástica y de ciencia ficción en español. Nacido en el seno de una familia patricia de gran fortuna, abandonó tempranamente sus estudios universitarios para dedicarse por completo a la escritura en la estancia familiar de Las Flores. Su vida estuvo marcada por su matrimonio con la también escritora Silvina Ocampo y por su mítica amistad literaria con Jorge Luis Borges.

Recibió los máximos honores de las letras hispanas, incluyendo el Premio Miguel de Cervantes en 1990 y la prestigiosa Legión de Honor francesa. Su consagración definitiva llegó en 1940 con la publicación de La invención de Morel, considerada por muchos una obra maestra de la trama perfecta. A esta le siguieron otras novelas fundamentales como Plan de evasión, El sueño de los héroes y Diario de la guerra del cerdo, además de volúmenes de cuentos como La trama celeste e Historias de amor.

Hacia el final de sus días, la tragedia lo golpeó con las muertes consecutivas de su esposa y de su hija Marta Bioy Ocampo. El autor falleció a los 84 años en Buenos Aires en 1999 debido a complicaciones de salud derivadas de su avanzada edad, dejando tras de sí un legado literario póstumo imponente, cuyos diarios íntimos terminaron de redibujar su figura ante la crítica mundial. Una vez fallecido se publicaron dos libros que completaron su obra: Descanso de caminantes y Borges.

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